Los últimos años, la palabra sostenibilidad ha sido el Santo Grial de gran parte de las políticas empresariales y la planificación de cualquier ciudad moderna. En el fondo, lo que se nos dice desde todos los púlpitos es que el objetivo final es la neutralidad; reducir las emisiones a cero, gastar menos agua, no dejar huella… Sin embargo, en mi opinión, en el escenario actual la sostenibilidad por sí sola ya no sirve de nada.
Sostener significa mantener las cosas tal como están, no avanzar más por el “mal camino”. Pero ¿realmente queremos sostener el planeta tal como está? ¿Con suelos degradados, océanos colapsados y comunidades fragmentadas? Mantener el statu quo actual es, simplemente, gestionar la velocidad de nuestra propia decadencia. Urge un cambio radical: debemos pasar de la simple moderación en nuestro comportamiento a un desarrollo regenerativo.

Cuando el daño ya está hecho
La sostenibilidad clásica parte de una premisa defensiva: hacer el menor daño posible. El problema de este enfoque es que ignora que ya hemos cruzado varios límites planetarios. Si una empresa logra que sus operaciones tengan «impacto cero«, felicidades, pero eso no devuelve la biodiversidad perdida ni limpia el exceso de carbono que ya satura la atmósfera.
Si un barco tiene una vía de agua y comienza a hundirse, la sostenibilidad consiste en sacar agua al mismo ritmo que entra para mantenerlo a flote. La regeneración consiste en reparar el casco, rediseñar la estructura para que sea más fuerte y mejorar las condiciones de la tripulación.
El desarrollo regenerativo no debe aspirar a la neutralidad. Su objetivo no es dejar el lugar «tal como lo encontraste», sino dejarlo notablemente mejor.

La revolución regenerativa
El desarrollo regenerativo no es un concepto abstracto; es un marco de acción práctico que se mueve en tres ideas fundamentales:
1. Restaurar ecosistemas. En lugar de una agricultura intensiva que agota la tierra y depende de químicos, la agricultura regenerativa debe imitar los procesos de la naturaleza. Utilizar el ganado, las plantas de cobertura y la rotación de cultivos para inyectar carbono en el suelo, recuperar los acuíferos y devolverle la vida microbiológica a la tierra. Un suelo regenerado no solo produce alimentos más nutritivos, sino que se convierte en una de nuestras mejores herramientas para absorber el CO₂ de la atmósfera.
2. Revitalizar comunidades. Los seres humanos no somos una plaga externa a la naturaleza, sino que somos parte de ella. Los proyectos regenerativos buscan activar las economías locales y devolver la autonomía a las comunidades y a las comarcas. Esto implica fomentar circuitos cortos de comercialización, valorar el conocimiento tradicional y crear redes de apoyo mutuo que hagan a las poblaciones resistentes tanto a las a crisis climáticas como económicas.
3. Replantear la vida en las ciudades. Hoy en día, las ciudades operan como parásitos. Absorben inmensas cantidades de recursos del entorno rural y devuelven basura, contaminación y aguas residuales. Hay que conseguir que las ciudades funcionen como bosques artificiales. Procurar que las fachadas y tejados sean lo más verdes posible para que ayuden a limpiar el aire y regular la temperatura de calles y barrios. Crear Sistemas circulares de agua para captar el agua de lluvia y reutilizarla dentro de la propia ciudad. Los espacios públicos se deben diseñar para reconectar a los ciudadanos con la naturaleza y fomentar la biodiversidad urbana.

Una educación que ayude a cambiar la mentalidad de consumidores
El verdadero motor del desarrollo regenerativo debe ser un cambio cultural profundo. Exige que abandonemos la mentalidad extractivista (donde nuestro planeta es un almacén infinito de recursos) y adoptemos un rol de vigilantes de nuestro territorio.
Porque no se trata de consumir productos con etiquetas verdes para sentirnos menos culpables. Se trata de rediseñar nuestros sistemas de producción, nuestras viviendas y nuestras economías para que, por el simple hecho de existir y habitar un lugar, estemos ayudando a que la vida florezca.
Pasar de la sostenibilidad a la regeneración va a ser el mayor desafío técnico, político y filosófico de nuestro siglo. Y no deber verse como una utopía, porque es la única alternativa realista si queremos un futuro de calidad para nosotros y para las generaciones que nos sucedan.

