Vivimos en la era del dato absoluto. El ser humano contemporáneo alberga una obsesión casi mística por cuantificar la realidad, convencido de que, si algo puede medirse, entonces puede controlarse. Esto nos lleva a elaborar estadísticas de los fenómenos más insólitos y peregrinos: desde las probabilidades de sufrir el ataque de un tiburón mientras cae un meteorito, hasta el análisis pormenorizado de qué asiento de un avión comercial ofrece mayores garantías de supervivencia en caso de una catástrofe. Figúrate.
La infografía convierte el azar trágico de un accidente en un mapa de decisiones logísticas y porcentajes fijos: un 65% de media para los asientos delanteros frente a un 53% para los asientos traseros; un 64% para el pasillo contra un 58% si se viaja atrapado entre la ventanilla y el centro… Y así.
Paradójicamente, la propia naturaleza de estos estudios nos recuerda el carácter caprichoso de la probabilidad. Aunque un 65% suene sustancialmente mejor que un 53%, cualquier analista de riesgos admitirá que las variables de un siniestro real superan siempre a la rigidez de cualquier esquema. El impacto depende del ángulo, de la geografía, del clima y de imponderables imposibles de encasillar en una cuadrícula de colores.
Al final, estos gráficos que inundan (inundaban, mejor dicho ☺) las revistas científicas y los suplementos dominicales cumplen una doble función: por un lado, alimentan nuestra inagotable curiosidad por las rarezas numéricas; por el otro, demuestran que no hay rincón de la experiencia humana (por remoto o incómodo que sea) que no pueda ser domesticado, maquetado y presentado bajo la tranquilizadora y elegante estética de un gráfico de colores.

