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El viaje del saxofonista

Hace tiempo que el acercamiento urbano al mundo rural se reduce a una simple postal: una versión simplificada de ocio de fin de semana. Es un turismo acompañado, en demasiadas ocasiones, por gaitas, panderetas, mercados de artesanía y una nostalgia cuidadosamente empaquetada para el consumo. Como si la vida cultural de un pueblo consistiera únicamente en recuperar tradiciones, vestir trajes regionales y asistir a una romería de vez en cuando. Ese tipo de mirada convierte a los pueblos en un decorado, en un parque temático donde, quienes viven al ritmo de la ciudad, buscan una autenticidad que no saben reconocer.

Imagen: errata naturae. Detalle portada «Ruralismo»

En el ensayo Ruralismo, se reflexiona precisamente sobre esa tendencia a romantizar el campo desde la distancia, olvidando que los pueblos son lugares vivos, complejos y contemporáneos. No son museos etnográficos al aire libre, sino espacios donde también hay creación, innovación y cultura que mira hacia delante sin renunciar a su pasado.

Por eso resulta especialmente valioso que @koldogalego se haya decidido a organizar un festival de Jazz en un pueblo como Vega de los Árboles. Y sí, también impulsa el imprescindible festival de música tradicional Ruta de los Monasterios (@priorato_de_escalada). Una cosa no está reñida con la otra. Muy al contrario. Precisamente ahí reside el acierto: entender que conservar el patrimonio no significa quedarse anclado en él. Que un pueblo puede cuidar su memoria y, al mismo tiempo, convertirse en un lugar donde suceden cosas nuevas.

Ese es, precisamente, el espíritu del “Festival Jazz y más” de Vega de los Árboles, que este año celebra su segunda edición. Un festival que, con apenas dos años de vida, ha conseguido reunir un cartel capaz de situar a un pequeño pueblo de León en el mapa para cualquier amante de la música. (He tenido la suerte de colaborar con esta edición realizando la ilustración y, posteriormente, el cartel que sirve de base para presentar el festival).

Imagen: JM Álvarez. Cartel final para el Segundo Festival de Jazz de Vega de los Árboles.

Curiosamente, ese saxofonista no nació pensando en Vega de los Árboles. En un principio estaba inspirado en los músicos de jazz de los años cincuenta, envuelto en esa atmósfera de cine negro y literatura policiaca.

Pero el festival de Vega de los Árboles tiene otro pulso. Su programación mira al jazz y a la música contemporánea, un terreno que, he de reconocer, conozco muy poco. Fue @koldogalego quien me propuso darle una vuelta a la ilustración para acercarla a ese espíritu más actual, manteniendo, eso sí, ese ambiente de cine negro que tanto me apetecía conservar. Y el resultado es el que ahora puede verse en el cartel.

Lo curioso es que aquel primer saxofonista ni siquiera había nacido para este proyecto. Estaba a medio dibujar y formaba parte de una serie de ilustraciones dedicadas a la música que estoy a punto de terminar. Sin embargo, durante el proceso fue transformándose poco a poco. Empezó siendo un músico que parecía salido de una novela de Chandler y terminó convirtiéndose en un saxofonista mucho más contemporáneo, aunque conservando exactamente la misma alma.

Imagen: JM Álvarez. Saxofonista. Uno de los bocetos finales de las primeras versiones.

De hecho, el saxofonista original también tuvo su propia vida. Existe una camiseta con aquella primera versión de la ilustración. Pero no os quedéis ahí. Porque el viaje del personaje continuó y también hay una camiseta con su nueva imagen, la definitiva, la que acompaña al festival y que resume ese cambio de espíritu.

Ha sido en Vega de los Árboles donde ha encontrado su lugar. Allí, durante el festival, podréis haceros con esta camiseta y con muchas otras cosas que la organización ha preparado para esta edición.

Imagen: JM Álvarez. Boceto final de camiseta para el Festival Jazz y + de Vega de los Árboles.

Una buena excusa para disfrutar de un magnífico fin de semana de música. Y, de paso, recordar que los pueblos también pueden ser escenario de propuestas culturales contemporáneas sin dejar de ser pueblos. Quizá esa sea la mejor manera de mantener vivo el mundo rural: no convirtiéndolo en sólo folklore, sino permitiendo que siga creando cultura en presente.

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