InicioBitácoraLa paloma de ciudad: el animal que abandonamos a su suerte

La paloma de ciudad: el animal que abandonamos a su suerte

Las vemos cada día en plazas, parques y aceras. Cada vez más personas las consideran una molestia y una plaga urbana. Sin embargo, pocas especies representan mejor la contradicción de nuestra cada vez peor relación con la naturaleza, que las palomas de ciudad.

Porque la realidad es que las palomas no invadieron nuestras ciudades. Fueron nuestras ciudades las que las crearon.

La paloma urbana (Columba livia domestica) desciende de la paloma bravía, una especie que domesticamos hace aproximadamente cinco mil años. Durante siglos fue un animal extraordinariamente valioso. Sirvió como fuente de alimento, fue criada por su estiércol como fertilizante y, sobre todo, desempeñó un papel esencial como mensajera cuando no existían otros medios de comunicación rápidos.

Desde el Antiguo Egipto hasta el Imperio Romano, pasando por la Edad Media y llegando incluso a las dos guerras mundiales, las palomas transportaron información vital que salvó muchas vidas. Uno de los ejemplos más conocidos es el de Cher Ami, una paloma mensajera que, gravemente herida durante la Primera Guerra Mundial, logró entregar un mensaje que permitió rescatar a 194 soldados estadounidenses aislados tras las líneas enemigas. Su historia no fue una excepción: treinta y dos palomas han recibido la Medalla Dickin, considerada el equivalente animal a una condecoración por actos de extraordinario valor.

Foto :Fred Dendoktoor

Cuando dejaron de ser necesarias, dejamos de cuidarlas. Algunas fueron liberadas y otras lograron escapar de los palomares. Encontraron en las ciudades un sustituto perfecto de los acantilados donde vivían sus antepasados: edificios altos, cornisas y puentes que imitaban su hábitat natural. Nosotros modificamos su entorno y ellas simplemente hicieron lo que cualquier especie intenta hacer: adaptarse para sobrevivir.

Sin embargo, esa capacidad de adaptación ha terminado convirtiéndolas en víctimas de nuestro egoísmo. Pasaron de ser aliadas a ser consideradas un problema. Y olvidamos, por ejemplo, que esconden una biología fascinante que rara vez se menciona.

Son aves que suelen formar parejas estables durante largos periodos, e incluso durante toda la vida si las circunstancias lo permiten. Ambos progenitores participan activamente en el cuidado de las crías y comparten una característica extraordinaria: tanto el macho como la hembra producen una sustancia nutritiva conocida como «leche de buche», una secreción rica en proteínas y grasas con la que alimentan a sus pichones durante sus primeros días de vida. Se trata de un comportamiento excepcional entre las aves y un ejemplo de cuidado parental muy desarrollado.

También poseen una de las capacidades de orientación más sorprendentes del reino animal. Son capaces de regresar a su hogar desde cientos e incluso más de mil kilómetros de distancia gracias a una combinación de referencias visuales, la posición del Sol, el olfato y la percepción del campo magnético terrestre, un sistema de navegación que sigue siendo objeto de investigación científica.

Foto: Abdulkadir Emiroglu

En el entorno urbano desempeñan además un papel ecológico que suele pasar desapercibido. Consumen gran cantidad de restos orgánicos que las personas abandonamos en calles y plazas. Si esos recursos alimenticios no fueran aprovechados por las palomas, otras especies oportunistas, como las ratas, encontrarían aún más alimento disponible. Las palomas no son la causa del problema; son, en buena medida, una consecuencia de este sistema depredador y oportunista en el que vivimos en la actualidad.

No se trata de que las poblaciones de palomas deban crecer sin control. Como ocurre con cualquier especie urbana, una densidad excesiva puede generar conflictos. Pero la solución no pasa por demonizar al animal, sino por gestionar las causas de su sobreabundancia.

Las palomas no eligieron vivir entre nosotros (son demasiado listas). Fueron domesticadas, utilizadas durante milenios y, cuando dejaron de ser útiles, abandonadas a su suerte. Hoy sobreviven en el único lugar que les hemos dejado.

Espero que la próxima vez que una paloma se cruce en tu camino merezca algo más que un gesto de rechazo. Debemos recordar que su historia también es la nuestra. Porque no estás viendo una especie invasora, sino a uno de los animales que más tiempo ha acompañado y ayudado al ser humano, y que ahora paga el precio de haber sabido adaptarse a un mundo que, como siempre, nos negamos a compartir.

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